Cuando estos cetáceos quedan varados en la orilla y no es posible rescatarlos, es importante alejarse porque pueden estallar como si fuera un bombazo.
El Programa de Investigación de Varamientos de Cetáceos de la Sociedad Zoológica de Londres, Reino Unido, ha registrado más de 12 mil cetáceos varados desde 1990.
Cuando una ballena aparece en la orilla capta las miradas de curiosos, sorprendidos de ver uno de los ejemplares más grandes del mundo marino.
Sin embargo, si está muerta, este momento se puede convertir en desagradable, pues si el animal explota la zona se teñirá de rojo y con restos de sus órganos.
Los cetáceos no están exentos a sufrir los efectos biológicos de la muerte.
El fallecimiento trae consigo un proceso de descomposición en el que las proteínas se deshacen de los tejidos para dar paso a la producción de gases como el metano y el ácido sulfhídrico.
La explosión, que por lo general sobreviene a la muerte de las ballenas, es la expulsión dramática e inevitable de los gases que han estado acumulando incontrolablemente en su organismo.
Olaf Meynecke, explicó que el fenómeno explosivo solo ocurre cuando la ballena muere en la tierra.
Si su deceso se produjera en el mar y vara en la costa, el cadáver atraerá a los depredadores que, al devorar el cuerpo, abrirán las vías de escape de los gases acumulados y harán que salgan al exterior sin la necesidad de explotar.
En 2004, una ballena fue hallada muerta, explotó en mitad de la ciudad, muchos transeúntes, coches y escaparates de tiendas quedaron cubiertos de restos en descomposición.
En una playa en Oregón, en el año 1970, un cachalote de entre 40 y 65 toneladas de peso quedó varado en la orilla, la dinamita utilizada no fue suficiente y el animal, inflado de gases, estalló y esparció una capa de tejidos putrefactos por toda la playa.