El silencio o el runrún de nuestros propios pensamientos es lo ideal.
En Lanzarote no es difícil encontrar estos lugares: miradores donde extraviar la mirada y tener ese momento de intimidad y reseteo mental que necesitamos al menos cada 24 horas.
Lo ideal es el silencio o el runrún de nuestros propios pensamientos.
La marina de Arrecife y sus dos castillos ofrecen un lugar perfecto para disfrutar de la puesta de sol.
Ningún atardecer es igual al anterior.
El sol amarillea, juega a ser naranja, rosa, fucsia y malva, reflejándose en las nubes dispersas, en el espejo de la bahía y en los ventanales de las casas.
El Risco de Famara nos ofrece varios sitios donde pararnos a contemplar el ocaso.
César Manrique camufló un mirador en la mismísima roca del acantilado.
Hasta las cinco de la tarde podemos disfrutar del impresionante espectáculo de diseño interior, luego dar una vuelta por los Guinate y Yé, y regresar para ver la puesta de sol frente al Archipiélago Chinijo.
Muy cerca, el Mirador de Guinate nos muestra otra panorámica desde el mismo Risco.
Hay quien prefiere contemplar el ocaso a nivel del mar, cuando la pleamar coincide con la caída de la noche.
Entonces la arena de la salvaje playa de Famara refleja los tonos iridiscentes de la estrella que nos da la vida.
El Mirador de Malpaso es una sorpresa mayúscula detrás de una curva en un pequeño puerto de montaña, recientemente intervenido.
El malpaís de La Corona es un regalo para los sentidos a cualquier hora del día, pero su encanto se multiplica cuando el día se desvanece y se deshace en luces doradas.
Dar un paseo entre parras, higueras y olivos, escuchar el rofe crujiente bajo nuestros pies y ver cómo las sombras de las montañas se aterciopelan con la luz del atardecer es un placer inigualable.
Quizás a estas horas huela a fuego y asado en los alrededores.
Las grietas de las coladas, los líquenes subrayando sus colores fosforescentes, los hoyos confesando que no son del todo negros, puede que La Geria sea otro planeta horas antes de que llegue la noche.
La avenida de Playa Honda es una delicia para ver la puesta de sol mientras jugamos con la arena de la playa o nos tomamos algo en algunos de sus restaurantes.
El Barranco del Quíquere brinda un tonificante aroma a spray marino y unas preciosas vistas de la costa.
Desde el varadero del antiguo pueblo de pescadores de La Tiñosa, en Puerto del Carmen, podemos disfrutar del atardecer viendo las embarcaciones del puerto recortarse en la luz cambiante.
Pisamos el punto exacto de Tinajo donde comenzó a fluir la lava en la erupción que vivió Lanzarote en 1730.
Los Hervideros hacen honor a su nombre porque el agua del Atlántico golpea, decidida y con cierta furia, la costa de Yaiza, creando nubes de espuma marina.
El agua se cuela por los agujeros y las grietas de este laberinto de roca, creando bufaderos por donde el Atlántico resopla.
Rodeados de mares de ceniza, conos alineados y formaciones rocosas surrealistas, el contraluz del atardecer convierte el Parque Natural de los Volcanes en un paréntesis espacio temporal.
Sentados en un banco en la avenida de Playa Blanca: la misma estampa, pero más calmada, viendo los ferrys ir y venir hasta Corralejo, acariciando con la vista la silueta de la isla de Lobos.